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Carlos Salazar y un servidor...
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Pedro de Silva mirando al horizonte, al fondo el escenario al que no pudimos subir.
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La mesa al completo, excepto Marta que hizo la fotografía...
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Pedro de Silva, Jesús Martín Sacristan, Carlos Salazar y yo mismo, dejando constancia de nuestra presencia para la posteridad.
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No ganamos... pero lo pasamos bien
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Allí estuvimos... y cenamos muy bien
RELACIÓN ALEGÓRICA DE MI ANÓNIMA PRESENCIA EN EL PLANETA
Era una noche luminosa de octubre. Barcelona nos brindaba lo mejor del clima mediterráneo: la frescura perfecta, la humedad moderada y una brisa tenue para sentir la energía sin fin de la naturaleza. Pero de cualquier modo, incluso con la más adversa de las metereologías, hubiera sido una noche luminosa, porque cuando aparqué la fiel Scudo junto al Palau Nacional de Montjuic, toda la luz del universo se reflejaba en mi corazón.
Es difícil describir las sensaciones. Era el momento culminante de mi breve carrera literaria. dos años después de publicar mi primera novela: Las Tablas de Agharta, había completado otra, con unos registros argumentales totalmente opuestos, que me había conducido hasta el pórtico de la gloria de las expectativas. Sí, lo había oído bien cuando Marta me pidió que me sentará antes de decirme que Sombras de otoño estaba entre las 12 finalistas. Sí, lo había leído bien en La Vanguardia, en una octava perdida en el fondo de la página: Jorge Larena, Sombras de otoño, no podía haber otro Jorge Larena con otras Sombras de otoño en los premios Planeta. Era cierto que no tenía la menor oportunidad de ganar. Lo sabía yo y lo sabían todos los demás. Pero eso no importaba, lo que de verdad importaba era que Sombras de otoño se había hecho un hueco entre más de quinientas novelas y me iba a permitir estar en la cena del Planeta.
Avancé junto a Marta por el pasillo central del parterre que se elevaba hacia la puerta principal del Palau. A cada lado las antorchas colocadas para la ocasión, contribuían a alimentar la fantasía del acontecimiento. A nuestros pies las luces de Barcelona, guiñándome sus miles de diminutos ojos cómplices. Estaba nervioso, nervioso y emocionado... Era cierto que Planeta –el grupo editorial- no había mostrado el menor interés por mí. De hecho ni siquiera me habían cursado una invitación formal para la cena. Sólo el azar, la casualidad de que Anabel, mi ahijada, leyera la noticia en un vuelo hacia Madrid, me había permitido enterarme de que estaba en la partida. Después, una vez confirmada, había tenido que ser yo el que llamara a la editorial para, tras conversar con nueve voces distintas, conseguir la confirmación de la noticia. Pero en ese momento todo eso carecía de importancia, las antorchas flanqueaban mis pasos y Barcelona me guiñaba sus ojos.
Apenas había nadie por los alrededores, habíamos llegado demasiado pronto. Razonable, dadas las circunstancias, pero exhasperante por esas mismas circunstancias. Poco apoco el ambiente fue calentándose en las inmediaciones del Palau. La cena de los premios Planeta es un acontecimiento de una magnitud social incontestable. Aquella noche, al margen de la presencia habitual de todos los que tienen una significación en la sociedad catalana, la presidencia del acto iba a corresponder a Ana Botella, esposa del entonces vigente Presidente del Gobierno. Mi móvil no daba abasto para recoger los mensajes, la familia, los amigos, habían constituido una especie de vínculo cósmico para darme toda su energía en la noche de Santa Teresa; por un momento su fe conmovió mi escepticismo... No, no había la menor oportunidad de ganar. Planeta no sólo no me había cursado una invitación, ni siquiera se habían preocupado de pedirme un currículo, una breve biografía, nada. Estaba tan claro como el agua: a esas alturas de la noche yo seguía sin existir para Planeta.
Tonino, el reportero del CQC del Gran –enorme- Wyoming, estaba allí, sentado en un parterre junto al cámara y la técnica de sonido. Lo abordé, me presenté como uno de los finalistas y le insté a que me entrevistara, Lo hizo con su gracia habitual, como una especie de entrenamiento previo; ni siquiera se si encendieron la cámara. Era obvio que no habría espacio para mí en aquel reportaje. A esas horas ya eran un tropel los invitados que se adentraban en el Palau Nacional. La majestuosa entrada, decorada para la ocasión, impresionaba aun más de lo habitual.
¿Jorge Larena?
No había ninguna acreditación para Jorge Larena. La azafata no perdía la sonrisa y su amabilidad era tan profesional que parecía natural. Era su trabajo y lo hacia a la perfección. Nos encaminó a la mesa de incidencias. Se me nubla la conciencia de los recuerdos respecto a esas secuencias... la gente que me quiere cruzaba los dedos por mi éxito y yo ni siquiera estaba en la lista de invitados...
No sé cómo sucedió. Hubo preguntas y respuestas, alguna gestión que no recuerdo. La sonrisa inmarcesible de las azafatas. Cierta incertidumbre y, finalmente, mi nombre apareció por alguna parte:
Jorge Larena y acompañante.
Sí, eso era, Jorge Larena y acompañante, nos dieron las tarjetas de acceso, con el número de mesa asignada. Entramos y yo me sentí como imaginaba que se sentiría María –la protagonista de Sombras- la primera vez que vio las calles de Barcelona.
Nos habían asignado la mesa número 105. Consultamos el plano al dorso de la tarjeta de acceso. Mala suerte, la mesa no aparecía. No, decididamente a Planeta no le interesábamos demasiado... entramos en el salón. Una fila impecable de azafatas y azafatos nos recibió sonriente. Ningún problema, la mesa estaba en uno de los extremos del ovalo. Nos adentramos en el inmenso salón oval del Palau Nacional, un escenario digno de un acto como aquel. El lugar impresionaba, decorado cuidadosamente, como para una película, al frente el escenario, imponente e inaccesible, grandes carteles colgando del techo, reproduciendo las portadas de los libros ganadores en otras ediciones, las mesas, minuciosamente dispuestas, las sillas alineadas en torno a ellas...
¿Y nuestra mesa? Avanzamos en la dirección que nos habían indicado en la entrada. Avanzamos y avanzamos, alejándonos cada vez más del escenario. Salida de emergencia, rezaba el rotulo luminoso, un retazo de realidad en medio de aquel decorado. Bien, al menos seríamos los primeros en salir si se declaraba un incendio. Allí estaba la mesa 105, en el extremo del ovalo, algo apartada del resto. Se me ocurrió un titulo para una novela: La mesa de los proscritos, incluso empecé a elucubrar un argumento... No, no era el momento, era tiempo de ubicarse. Dejamos las chaquetas y regresamos de vuelta al vestíbulo. Ahora ya estábamos algo más tranquilos. Habíamos entrado y teníamos mesa, era hora de disfrutar de algo que, tal vez, no íbamos a poder repetir en la vida.
El Palau brillaba con luz propia. Realmente la gente de Planeta había hecho un buen trabajo, cuidando cada detalle. Ahora la mayor parte de los invitados ya estaban allí. Vestidos largos, trajes caros, joyas... un mundo ajeno en el que me sentía como una gota de aceite en un vaso de agua. En ese momento tuve una de las sensaciones más extrañas de mi vida: Entre aquella gente reconocí muchos rostros, pero eran sólo imágenes con nombre y una vaga reseña acerca de su actividad pública. En realidad no conocía a ninguna de todas aquellas personas, sólo rostros que habían escapado de la pantalla del televisor o las páginas de los periódicos que, sin embargo, no tenían cabida en mi mundo real.
Los camareros surgieron de la nada, ofreciendo en sus bandejas algunas cosas que no reconocí. Incluso los aperitivos eran diferentes en aquel mundo luminoso e irreal. Aunque, para ser sincero, pude comprobar que algunos modelos de comportamiento básico no diferían en absoluto de los que ya conocía: las primeras bandejas fueron literalmente saqueados por los invitados. Marta y yo permanecíamos un poco al margen, a la expectativa, como si nos costara asumir que realmente éramos invitados de pleno derecho en aquella fiesta.
Poco a poco la voracidad inicial de los presentes fue remitiendo y los camareros pudieron deambular libremente hasta alcanzar nuestro rincón. En ese momento las cosas empezaron a encontrar su lugar. Los camareros eran seres humanos de carne y hueso, a los que podía reconocer como parte de mi mundo. Cuando cruce con ellos una mirada me reconocí y se reconocieron. A través de sus ojos encontré la certeza de que formábamos parte de la fiesta: Estábamos allí y lo íbamos a disfrutar.
Una de las muchas personas desconocidas que reconocimos era Maruja Torres. Sentada en un escalón, parecía observar las cosas entre divertida y ausente. Marta no quiso perder la ocasión de conocer a alguien a quien admiraba y nos acercamos a ella. Nos presentamos y nos acogió. La sensación en ese instante fue todavía más extraña. Hablar con alguien a quien no conoces pero si reconoces, te coloca en una situación que es difícil describir. Lo cierto es que de aquellos instantes sólo recuerdo la sencilla amabilidad de Maruja y una frase que se me quedó dentro para siempre: El premio es escribir.
Para esas ya se nos fue echando encima la hora de cenar. Seguía teniendo la misma sensación de desarraigo con el que había entrado pero ahora el brillo del gran salón oval ya no era sobrenatural. Ahora todo parecía ajeno... pero real.
Al menos la mesa número 105 era una mesa de escritores: Pedro de Silva, Carlos Salazar Anuncibay y Jesús Martín Sacristán, tenían, como yo, sus obras seleccionadas para competir por la gloria en aquella noche mágica. Allí estábamos, en el extremo del salón, junto a la salida de emergencia –pero por dentro- en unas sillas que hubieran anhelado ocupar más de quinientos escritores.
La noche fue avanzando; Concha García Campoy, desde el escenario, presentó las novelas finalistas. Ese fue un momento memorable, impagable: mi nombre, unido a Sombras de Otoño, sonó en sus labios como si toda España lo estuviera escuchando. Después presentó a los miembros del jurado, siete hombres y una mujer; ninguna posibilidad para Sombras. El protocolo prosiguió con su orden establecido. Una azafata nos preguntó por el regalo que preferíamos. Podíamos escoger –si no me traiciona la memoria- entre dos libros: uno de cocina y otro de Ana María Matute. Todo iba sucediendo con una naturalidad perfectamente planificada. Recuerdo que nos dieron las instrucciones para hacer la quiniela y, sobre todo, recuerdo que en ese momento me carcomían los nervios por lo que ya había sucedido y por lo que estaba por venir.
En eso se sirvió el primero de los platos –Empedrat de rape con judías de Santa Pau a la albahaca, nada más y nada menos– con los camareros en marcial formación repartiéndose entre las mesas. Un nuevo espectáculo dentro del espectáculo. El catering de El Bulli hacía honor a su fama y empedrat resultó un plato tan exquisito como escaso, al menos para mis costumbres de chico de Bon Pastor acostumbrado a otras cantidades y texturas. En ese momento comprendí la voracidad de los invitados en el refrigerio previo; avezados en esas situaciones habían hecho acopio de calorías para afrontar mejor la escasez de las delicatessen que venían.
Entre plato y plato los acontecimientos vinieron a terminar con mis nervios y con el sueño que no llegué a soñar. Concha García Campoy, de nuevo en el escenario, se dispuso a dar lectura a la primera votación del jurado. Para ser sincero no recuerdo en que orden quedaron las novelas, pero en ese viaje dejó Sombras de Otoño de ser de la partida. En ese instante, entre el murmullo abrumador del inmenso y brillante salón, sentí que regresaba a la realidad. Que las cosas iban a ser como debían ser y la ilusoria ilusión había terminado. Aunque, al mismo tiempo, me llené de un extraño alivio, ya no había nada por lo que sufrir, ya sólo tocaba disfrutar...
No se si me engaña la memoria, que me perdonen los queridos colegas si me equivoco, pero creo que de nuestra mesa de escritores proscritos sólo Pedro de Silva se mantuvo en el juego hasta el final. Después de eso fuimos dando cuenta de los nuevos platos y Concha fue dando cuenta de las nuevas votaciones...
Con el café llegó el momento decisivo. El objeto único que le daba sentido al espectáculo. Las luces se apagaron y los focos se enzarzaron en un baile fantasmagórico contra las sombras. Ahí se desveló la verdadera esencia del Planeta. Emergieron a la luz los miembros del jurado, llevando consigo el sobre de la gloria. García Campoy puso en liza toda su brillantez televisiva. El gran momento había llegado. Todo el salón, con nosotros dentro, se convirtió en el escenario perfecto para un anuncio espectacular. Las televisiones conectaron en directo. Para ser sincero todo aquello se me hacía a un tiempo ajeno y fascinante. De repente me sentí como uno de esos figurantes de los anuncios que transitan en segundo plano, esos que veo de vez en cuando en las escaleras de Correos, subiendo y bajando a las ordenes del director como si la cosa no fuera con ellos. A esas alturas todo el mundo allí conocía el nombre del ganador. A esas y a otras, porque antes de entrar ya era un pronostico bien conocido.. El suspense era pues ficticio, pero a través del televisor seguro que parecía real. Tan ficticio era el suspense que ganador y finalista se sentaban en una mesa de honor frente al escenario, lejos de nuestra mesa de proscritos.
Bryce Echenique se hizo con la gloria –con la gloria y con la pasta que ese año eran 600.000 euros del ala– Ignoro lo que hizo con el dinero, pero creo que nunca le perdonaré que dilapidara la gloria en un balbuceo sin sentido que sólo la elegancia de Concha García pudo rescatar a tiempo.
El climax de la ceremonia se diluyó en el asalta al salón por parte de los verdaderos protagonistas del evento: los periodistas, que se llevaron en volandas a los galardonados para darle al acontecimiento la trascendencia pública que sin duda merece.
Después, tras el alboroto, los invitados íbamos y veníamos a nuestro libre albedrío. La cena del Planeta se daba por concluida y a mi se me quedaba dentro el regusto amargo de saber que el sueño se había agostado antes incluso de ser soñado, de que al día siguiente me tocaba volver a encontrarme con la realidad... pero eso ya es otra historia. |
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