La creatividad es la más fascinante de las capacidades humanas... jorge larena paisajes
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En algún lugar leí que, del mismo modo que existe una lengua materna, nuestra memoría guarda en su esencia los paisajes de nuestra infancia, determinando así lo que podríamos llamar paisajes maternos... leer ese pensamiento me llevó a mis propias reflexiones acerca del tema, es posible que sea cierto y esa sería la explicación al modo en que nos emociona rememorar esos paisajes. En cualquier caso quiero aquí dejar una muestra de esas imágenes que me causan emoción y compartirla contigo querido visitante:

PAISAJES MATERNOS

Buen Pastor -Bon Pastor- un barrio situado en el límite este de la ciudad de Barcelona. Un núcleo singular en la orilla del Besós, nacido en las tierras de aluvión del río por los aluviones de la inmigración llegada de tierras diversas.
Su primera expansión se produjo en el final de la década de los años veinte del pasado siglo. En 1929, con el mundo bailando el Charlestón, ajeno a los terribles acontecimientos que iban a tener inicio en el siguiente decenio, España vivía bajo la dictadura del general Primo de Rivera. Barcelona, llevada por el impulso de una burguesía fuerte y pragmática, se industrializaba a marchas forzadas al tiempo que acometía importantes reformas urbanísticas. En esas circunstancias se produjeron los primeros movimientos migratorios significativos desde el resto de la península hacia Catalunya. Son los murcianos, que llegan en oleada para poner la fuerza de sus brazos al servicio del creciente desarrollo de la ciudad, creando un grave problema de vivienda.  Para ubicar a esos recién llegados el gobierno de la dictadura impulsa la construcción de viviendas unifamiliares que, sin responder exactamente al modelo de caseta i hortet que preconizaría Macía en la siguiente década, se parece bastante a este. En ese contexto nace el grupo de viviendas que durante años constituyó una de las señas de identidad más emblemáticas del Bon Pastor: Las Casas Baratas, hoy en un proceso de extinción que provoca sentimientos de muy diversa índole en los habitantes del barrio...
            Todo ese territorio, junto al núcleo vecino –y similar- de Baró de Viver, pertenecía entonces al municipio de Santa Coloma de Gramenet, hasta que, pasada la guerra civil, fue anexado a Barcelona merced a un convenio entre ambos ayuntamientos impulsado en buena parte por un personaje que hoy ya forma parte de la mitología del barrio: el cura párroco mossén Joan Cortina, conocido popularmente como El Padre Botella.
            El barrio, por su componente obrero, fue uno de los que perdieron la guerra y sufrieron las consecuencias de esa derrota. La situación urbanística se mantuvo estable –es decir precaria- durante algunos años. Aislado por el río y por una amplia extensión de terrenos de uso agrícola y algunas instalaciones industriales que lo separaban de otros núcleos habitados, casi nada cambió hasta que el desarrollo económico de la segunda mitad de los años cincuenta y la fuerte industrialización impulsada por el régimen, precisó de la arribada de nuevas oleadas migratorias lo que trajo consigo la necesidad de aumentar el parque de viviendas en el extrarradio de la ciudad. Así fue como los extensos huertos de Bon Pastor conocieron un fiebre constructora que acabó por concretar una estructura que se ha mantenido viva hasta nuestros días. Ese Buen Pastor, el que nació en esa década, con esos inmigrantes llegados desde todos los rincones de España, es el que conocí, en el que me crié y fue convirtiéndome en lo que soy...

EL RÍO

            En los años sesenta, para los niños, Bon Pastor era un mundo fascinante lleno de lugares misteriosos que invitaban a la aventura: El Tajo Maño, las Piedras, la Fabrica del agua caliente, la Karym, los Autobuses y, sobre todo, el cauce del Besós. Este era nuestro mayor objeto de deseo, el lugar que más nos atraía y el que generaba las más estrictas prohibiciones de nuestras madres. El Besós, la frontera que nos separaba de la siempre aguerrida Santa Coloma, era el más atractivo de todos aquellos atractivos lugares, el que más posibilidades de aventura ofrecía pero también, y eso nos lo recalcaban casi a diario, el que más peligros encerraba. En aquel entonces el río no discurría entre esos muros formidables que hoy lo canalizan. Su pequeño curso de agua, convertido por el desarrollo incontrolado en cloaca al aire libre, circulaba anárquicamente por el centro de un amplio lecho lleno de vegetación, y en sus márgenes florecían precarios huertos que apenas dejaban veredas para llegar hasta el agua... a menudo, en las largas tardes de verano, mientras jugábamos en las Piedras  (Grandes montañas de piedras de bordillo acumuladas en un deposito municipal bajo lo que hoy es el viaducto de la calle Santander) sentíamos la llamada del río, el lugar prohibido. Entonces, casi sin cruzar palabra, nos poníamos en marcha, subiendo y bajando las incontables montañas de bordillos, con la agilidad que sólo proporcionan la niñez y la costumbre, y, desde el último de los montículos, observábamos aquel mundo vedado fantaseando acerca de sus misterios y sus peligros.

LA PASARELA

            El río, al margen de nuestras fantasías infantiles, era sobre todo una frontera y, como tal, cruzarlo tenía sus dificultades. Sencillamente, a veces se podía cruzar y a veces no. Pero cuando se podía hacían falta dos cosas: valor y algo de dinero.
            No había puentes que salvaran el curso de agua. Entre Santa Coloma y Sant Adría varios kilómetros de vacío. Y, sin embargo, para cientos de vecinos de esas dos localidades Bon Pastor era el camino más directo hacia sus puestos de trabajo.
            Hay que explicar que el barrio se estructura básicamente en dos mitades a ambos lados de los jardines que lo atraviesan longitudinalmente y que tienen su final en el río. En ese punto, junto a la churrería, tenía su final el autobús, conocido popularmente como La Carraca, porque el ruido de su motor recordaba a sus vecinos el de ese instrumento. Aquellos autobuses de dos pisos (tal cual los de Londres) comunicaban directamente con el Metro, primero en Fabra i Puig y después, tras la ampliación de la línea, en Sant Andreu y de ahí que tanta gente de la otra orilla hiciera uso de ellos.
            Pero muchas veces el río lo impedía, obligando a todas aquellas personas a dar rodeos de varios kilómetros para llegar a su destino y todo porque no había puente, no, porque la manera de cruzar –cuando se podía cruzar- era a través de la Pasarela; una precaria estructura de tablones que duraba lo que tenía que durar, es decir el tiempo que mediaba entre una y otra riada.
            A nosotros lo que de verdad nos gustaba era contemplar los equilibrios de la gente sobre los tablones. Apostados junto a la puerta del campo de fútbol –terrenos que hoy ocupa la ronda litoral- pasábamos el tiempo controlando el paso de los viandantes. Nunca he sabido si el constructor era siempre el mismo, ni tampoco si cobraba un importe fijo o se limitaba a recoger lo que la voluntad de los transeúntes le procuraba, pero recuerdo perfectamente que siempre había alguien sentado en uno de los extremos pertrechado de una lata en la que recoger los peajes...
            Aquel negocio (y también atracción) terminó con un acontecimiento que fue entonces muy celebrado, cuando, tras la enésima riada, la última de las pasarelas saltó hecha añicos bajo la fuerza de las aguas, camino del mar y, apenas unos días después, el barrio se vio lleno de soldados, una compañía de ingenieros según la vox populi, que tendió un, para nuestros ojos, enorme, majestuoso, y colgante, puente militar. El primer puente de verdad que unió Bon Pastor con el Molinet fue ese, un puente hecho de traviesas de madera, ancho como para permitir el paso de un camión, que tenía la particularidad de oscilar violentamente bajo nuestros saltos lo que causaba nuestra risa y la bronca de los que trataban de transitarlo en paz.

EL TAJO MAÑO

            En aquel paisaje de mi infancia los coches eran algo excepcional. Tan excepcional que, si alguno se aventuraba por el final de la calle Estadella, nuestros juegos quedaban detenidos para poder observarlo con curiosidad y detenimiento. Lo que veíamos con mas frecuencia eran unos artilugios que en aquel entonces se conocían con el gráfico nombre de Huevoduro que tenían la particularidad de abrirse por delante, aunque mi memoria ya no da para recordar si tenían volante o manillar. Sin embargo, tráfico, lo que se dice tráfico, siquiera escaso, no había, salvo en Enric Sanchís y en la calle Sant Adriá, ejes urbanísticos del barrio por los que, al margen de la Carraca, circulaban algunos vehículos. En esas circunstancias la calle era nuestra. Corríamos arriba y abajo libremente, al menos todo lo libremente que el control materno permitía y una de las excursiones que más nos excitaba era la que nos aventuraba en el Tajo Maño.
            Era este un enorme descampado que se extendía entre la calle Santander, que entonces era sólo una explanada de tierra que no conducía a ningún lado, y el inevitable límite fluvial, justo encima de los terrenos que hoy ocupa el nuevo campo de fútbol. El Tajo Maño en sí mismo no era más que un enorme descampado lleno de matorrales y –supongo- de ratas, pero ofrecía dos cosas que lo convertían en irresistible: De una parte era de los caminos que conducían directamente hasta el río de nuestros desvelos; de otra era el lugar adonde iban a parar los desechos de las innumerables fábricas que circundaban el barrio. Sí, no se asombre el lector, el Tajo Maño no era más que un enorme y descontrolado vertedero industrial, pero aquellos vertidos, desperdigados en montones por cualquier lugar, tenían para nosotros otro valor, de suerte que los conocíamos con el lustroso nombre de minas, y el descubrimiento de nuevas vetas corría como la pólvora entre la chiquillería que se apresuraba a escarbar en los montones con el mismo espíritu que debió imperar en aquellos tiempos míticos de la fiebre del oro. De ese modo recogíamos allí objetos inverosímiles (y alguna vez también tóxicos supongo) que colmaban las expectativas de los niños con escasos juguetes que éramos nosotros.

LA FÁBRICA DEL AGUA CALIENTE

            Esa era una excursión mucho más complicada para los niños del final de la Estadella, porque la fábrica se encontraba en el otro extremo del barrio y había que atravesar las Casas Baratas para llegar hasta ella. Atravesar espacios de otros siempre constituía un problema, aunque, realmente, en el barrio no existía un sentido especialmente exacerbado acerca de la propiedad sobre el territorio, de manera que las pandillas, que inevitablemente formábamos en función de la proximidad de nuestros domicilios, podían interrelacionarse entre sí sin demasiado conflicto. Aún así atravesar las Casas Baratas siempre entrañaba el riesgo de algún encuentro peliagudo... pero la atracción de la fábrica del agua caliente era tan fuerte que no podíamos evitar acercarnos de vez en cuando.
            De unos caños, situados en la pared exterior de la fábrica, surgían los chorros de agua sobre una pequeña acequia de ladrillo que conducía el caudal hacía algún lugar que no puedo recordar. De todos modos, para comprender la fascinación que aquello ejercía sobre nosotros hay que hacer mención al entorno doméstico en el que vivíamos. En aquellos tiempos los electrodomésticos apenas asomaban al mercado. El televisor, la nevera, la lavadora, se ofrecían como objetos de deseo inalcanzables para la mayor parte de las familias del barrio, y el agua caliente era un lujo que sólo algunos disfrutaban precariamente merced a los primeros calentadores eléctricos. Así que cuando llegaba el invierno, con aquel frío húmedo que el río se encargaba de regalarnos, ir a chapotear en los chorros de agua caliente nos proporcionaba sensaciones similares a las que los niños de hoy sólo pueden disfrutar en los parques temáticos. Y luego, cuando el agua se enfriaba, empapados, regresábamos a casa helados de frío para recibir la inevitable filípica materna, el no menos inevitable coscorrón paterno y el reconfortante calor de la vieja cocina económica de carbón.


LOS AUTOBUSES


            Ciudad de Asunción era entonces una amplia calle que, como tantas otras, no conducía a ningún lado. Era un lugar lejano e inhóspito, situado en línea diagonal en el extremo opuesto de nuestro territorio natural... pero allí hubo dos cosas, de carácter transitorio pero inolvidable, que parecían llamarnos a gritos: los Autobuses y la Karym.
            El linde de esa calle lo marcaban por el lado de Sant Andreu las paredes interminables de dos fábricas: la Mercedes y la Maquinista, la primera de ellas permanece tal cual era entonces, la segunda desapareció para convertirse en algunos bloques de viviendas y el popular centro comercial. Ambas empresas se dedicaban a la construcción de elementos de transporte así que ignoro a cual de ellas pertenecerían los autobuses, aunque siempre he dado por cierto que serían de la Mercedes. La cuestión es que a lo largo de la calle se alineaban los enormes chasis metálicos, como gigantescos esqueletos de unos autobuses que nada tenían que ver con las viejas carracas. El mero hecho de pensar en llegar hasta ellos nos llenaba de ansiedad. Nadie nos prevenía acerca de que jugar en su interior pudiera entrañar algún peligro –bastante tenían las madres con hablar del río- y sin embargo no fue una excursión que nos atreviéramos a emprender  en muchas ocasiones. Pero lo cierto es que cada una de ellas la disfrutamos con locura, agolpados sobre los volantes de los monstruos descarnados, imaginando viajes hacia lugares en los que hoy ya no soy capaz de pensar, emocionados al alcanzar las más desmedidas velocidades... hasta que alguno de los obreros de la Mercedes nos descubría para ponernos en fuga con sus voces. Fueron pocos los viajes pero cada uno de ellos nos compensó de todos los temores.

LA KARYM


            Si a un lado de Ciudad de Asunción se extendían los muros de la Mercedes y la Maquinista, en la acera opuesta, desde la calle Sant Adría hasta lo que hoy son las cuatro torres, se extendía la tapia interminable de la Karym, un enorme complejo industrial abandonado a su suerte en espera de la desmembración urbanística. Aquello creo que sólo duró un verano y yo debía rondar los doce o los trece años. No se fíen de mi memoria al respecto...
            Es muy difícil describir lo que sentíamos al saltar sus tapias. Adentrarnos en sus calles adoquinadas, penetrar en las naves abandonadas. Avanzábamos cautelosamente, con más miedo del que éramos capaces de reconocer, buscando algún tesoro oculto de los muchos que según el imaginario popular infantil se ocultaban allí. Justo con las vacaciones, rondando San Juan que era la fiesta por antonomasia en aquel tiempo, hicimos en un piso prácticamente inaccesible, al que sólo se podía llegar subiendo una cuerda, una especie de casa del árbol a lo Tom Sawyer. Nunca antes me había sentido tan libre, tan lleno de energía, supongo que la adolescencia llegaba con toda su fuerza y de ahí me quedan tales recuerdos... no lo sé pero si sé que aquella vieja fábrica se quedará conmigo mientras mis recuerdos sigan siendo míos.   

 

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