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Esta es una página personal, muy personal, una plataforma virtual en la que se recoge una parte de mi vida, la relacionada con la literatura y la aventura de sacar adelante mi obra al margen de la industria editorial... pero en ella también hay fragmentos de otras facetas de esa vida, lo que me preocupa, lo que me ilusiona, las reflexiones acerca de lo que me rodea... un espacio personal, muy personal, en el que me gustaría que encontraras una pausa, algo que llevarte al espíritu, algo que te diera pie a tu propia reflexión, a tu propia creación...

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LA TORRE DEL OREJÓN

Estaba en Villena, Alicante, un lugar acerca del que se habla a menudo en esta web. De la mano de Andrea, recién acababa de visitar la iglesia de Santiago, espacio que bien merece crónica aparte, dada la singularidad de sus columnas, la enorme fuerza que concita entre sus líneas sorprendentes, el umbral mágico de la sacristía que no pude atravesar por unas inoportunas, y al parecer perennes, obras. Salía de Santiago, decía, con Andrea algo más cercana una vez superada la impresión de tener que enseñar la iglesia a un individuo como yo, y camino del Festero, al otro lado de esa plaza que también merece su propio aparte, encontramos a Luismi, viejo amigo más allá de los aconteceres de la vida, recién llegado de Benidorm con el único fin de acompañarme unas horas. Así que los tres nos adentramos en la casa señorial que guarda los tesoros de la fiesta grande de Villena, las de los Moros, dicho sea sin ánimo de ofender, y los Cristianos, y en la expresión también está todo mis respeto. Aunque para ser sincero tengo la impresión de que los verdaderos tesoros de esa fiesta están precisamente en la gente que la representa y el museo apenas refleja de modo pálido lo que las celebraciones representan para la vida de la ciudad... Andrea, que una vez acostumbrada a mi presencia tenía que apechugar con la impresión, sin duda aun mayor, que le causaba la de Luismi. Éste, tan ocurrente, divertido y sagaz como siempre, y un servidor, impregnado todavía de la magia jacobea, tratando de encontrar algo de vida entre los trajes y los carteles...
            Entonces sucedió, frente a una maqueta de la ciudad Andrea nos dio cuenta del emplazamiento de La Torre del Orejón, hoy tristemente desaparecida. Y al escuchar el nombre mis propias orejas se erizaron de atención, que no en vano pase la infancia en pendencias perpetuas a cuenta del tamaño y la forma de mis atributos auriculares...
            -¿La Torre del Orejón?- Pregunté intrigado...
            Andrea me miró algo sorprendida. Para mi que al nombrarla ya le había venido a la cabeza el propio recorte de mi silueta, pero ni su educación ni su elegancia le permitieron mostrar el menor signo de ello.
            -Era una torre en la que estaba instalado un reloj que daba las horas...
            Eso estaba bien y no deja de ser interesante saber que en la pugna entre el poder religioso y el poder civil el tema de las torres y sus relojes tuvo su importancia. Para quien quiera saber más de ello al final incluyo un enlace de lo más interesante a un artículo de Francesc Llop i Bayo... pero para ser sincero, lo que llamaba mi interés era más el asunto del titular de la torre: El Orejón.
            Andrea, perspicaz, dejó de lado el protocolo y me señaló al Orejón, que estaba allí al lado, apenas a unos centímetros de mí...
            Ese fue un momento de revelación. Mientras Luismi se partía literalmente de la risa, no hubiera ido mal tener a mano un espejo para que la realidad de su propia imagen moderara tanto entusiasmo, y Andrea ya se libraba de cualquier atisbo de prudencia ampliando su sonrisa hacia la carcajada; yo, en la lucidez de mi soledad, comprendí que de un modo u otro el camino de mi vida acabaría pasando por Villena, aunque sólo fuera para poder hacerme esa fotografía.
            La cosa quedó ahí, ellos moderaron su expresión y yo me despedí satisfecho del Orejón, agradeciendo a la vida aquel nuevo regalo e imaginando que si él, el Orejón, hubiera estado en mi clase de la infancia, mis orejas apenas hubieran tenido relevancia lo que, sin duda, me hubiera restado buena parte de popularidad.
            Luego Ana, siempre tan atenta, conocedora del encuentro, tuvo a bien encargarle a su hija, Ana; (que en Villena si uno no recuerda el nombre de una mujer, con decir Virtudes o Ana tiene muchas posibilidades de acertar) Bueno, a lo que iba, Ana, la bibliotecaria de mi corazón, le encargó a su hija: Ana, una niña de brillo deslumbrante, una versión articulada del susodicho, que cuelga tras mi mesa de trabajo como uno más de los tesoros que me he traído de Villena... y os aseguro que no han sido pocos...

Francesc Llop i Bayo
La torre del Orejón: la identidad de un pueblo




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