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LA MALA EDUCACIÓN

A menudo se plantea la polémica en torno al sistema educativo y, a menudo también, tras ella lo único que se esconde son los intereses políticos e ideológicos de quienes detentan el poder o aspiran a detentarlo. Esas polémicas suelen arrastrar también a los sectores implicados directamente en el tema: educadores, alumnos y padres, quienes, a través de las diversas organizaciones que los agrupan, suelen expresar opiniones que responden, en mayor o menor medida, a principios ideológicos bien delimitados. Hace años que asisto, como padre de dos alumnos inmersos en el sistema de educación, a esas polémicas, esperando a que alguien, de una puñetera vez, se atreva a formular en voz alta lo evidente: Quienes estudian hoy, y quienes les precedimos en las aulas, recibimos una educación deficiente en un aspecto fundamental del aprendizaje... estamos, o somos, maleducados.
            En general ese termino se aplica para describir la falta de urbanidad y para calificar aquellos comportamientos que eluden las normas básicas del respeto a la convivencia, sin embargo mi afirmación anterior se formula desde otra perspectiva. La educación se basa en la adquisición de conocimientos por parte de los alumnos; el contenido de esos conocimientos es determinado en parte por los técnicos y en parte por los políticos de cualquier signo, y, en todos los caso, tienen un factor común: se refieren exclusivamente al ámbito de lo razonable, es decir, aquello que se aprende a través de procesos exclusivamente empíricos y cartesianos. Sin embargo es evidente que los seres humanos no somos exclusivamente razonables, más bien al contrario, me atrevería a decir que somos extraordinariamente emocionales, hasta el punto de que, a lo largo de nuestra vida, tomamos la mayor parte de nuestras decisiones trascendentales bajo la influencia de las emociones.
            Por eso me pregunto que sucedería si, desde la más tierna infancia, en las escuelas que, no lo olvidemos, son el primer factor de socialización más allá del pequeño y, generalmente, seguro mundo familiar, los alumnos recibieran la instrucción adecuada para reconocer y gestionar sus propias emociones. Me pregunto que sucedería si todos recibiéramos el derecho a reconocer y vivir las propias emociones y su interrelación con los demás, si se nos enseñara a sentir el enfado, la ira, la alegría... como lo que son, componentes esenciales de nuestro ser, en lugar de tratar de formar (tal vez deformar) nuestro carácter en la búsqueda imposible de la perfección social que, de un modo inevitable, acaba por conducir a la neurosis... Me pregunto que pasaría si los adolescentes encontraran en el sistema educativo los recursos necesarios para comprender los cambios que experimentan, no desde le cartesianismo de la explicación fisiológica de los fenómenos, sino desde la percepción del alma, tomando el concepto de alma no como el impuesto por las religiones, sino el expuesto por el mundo antiguo en permanente contacto con el medio natural, ese alma que a menudo nos impulsa a hacer o dejar de hacer, sin que sepamos muy bien porqué y que es sistemáticamente desechado por los parámetros de la razón. Me pregunto lo que sucedería si esos mismos adolescentes experimentaran en el entorno educativo, bajo la guía de sus mentores sociales, con la asertividad, la empatía... y todo el conjunto de habilidades que permiten encontrar dentro las respuestas que ahora se ven abocados a buscar fuera. Me pregunto si en esas circunstancias los adolescentes precisarían  acudir con la misma desmesura a la experimentación con sustancias que no hacen otra cosa que apartarlos de la razón que no les da respuestas...
            Ignoro lo que sucedería, pero sí sé lo que sucede ahora... cada vez más. Cada vez con mayor fuerza, aparecen por todas partes terapias que vienen al reclamo de adultos desconectados de sí mismos, anclados en el vacío que la razón, el consumo y la necesidad de perfección no puede llenar... tal vez un día el sistema educativo deje de maleducar a las personas, entonces los terapeutas podrán dedicar sus esfuerzos a ayudar a quienes en verdad arrastren lesiones emocionales y no a quienes no aprendieron a gestionar sus emociones.  

 

 

 

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