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LA PELUQUERÍA DOMINGO

Aunque el tango trate de convencernos de lo contrario, veinte años son algo más que nada, son un trecho significativo en el camino de la vida y, al margen de los cambios internos que cada cual experimenta, ese tiempo se manifiesta de forma elocuente en los lugares que frecuenta.
Hace más de veinte años que visito la vieja peluquería del barrio, en el intento de que alguien trate de arreglar el exterior de mi cabeza. La Peluquería Domingo, en la calle de las Monjas, junto a la Rambla de Sant Andreu, ha contemplado en silencio como las viejas cocheras municipales se convertían en multicines y, entre sus paredes, ha visto también como la sociedad de este rincón de Barcelona se convertía en plurinacional y multicultural. Ahora quien enarbola las tijeras ya no es el viejo Domingo, sino Toni, un venezolano nacido para el show business que ofrece su espectáculo en el papel de un peluquero de profesionalidad impecable... a su lado han estado Jorge y Miquele, argentinos militantes y dicharacheros, como sólo esos hijos del mestizaje hispano italiano pueden serlo, aunque ambos dejaron espacio para que llegara Edgar, que es quien ahora comparte las cabezas, un uruguayo enjuto y aguileño, orgulloso, como comúnmente ocurre con los uruguayos, de ser oriundo de la Republica Oriental.
Todo eso (todos ellos) ha llegado silenciosamente, sin estridencias. De la socarronería catalana de Domingo a la alegría caribeña de Toni, en una transición tan natural como la propia evolución de la vida. Y, sin embargo, lo sorprendente no es tanto que eso haya sucedido; la verdadera sorpresa radica en la comprobación de cómo la esencia de la peluquería permanece inalterable, de cómo ese clima que permite la combinación de la conversación intrascendente con la reflexión mas profunda, en una interrelación de personas desconocidas, unidas levemente por el nexo de la espera ante las tijeras, se mantiene inmarcesible más allá de los cambios aparentes.
No estoy seguro pero tengo la sensación de que hay algo de ritual masculino en el acto de cortarse el pelo, de arreglarse la barba, de entregar tu confianza ante los objetos cortantes, algo que debe invocar sensaciones muy antiguas, ancladas en la experiencia de los machos de la especie que nos precedieron... o, tal vez, simplemente, sea que mi mente se entretiene demasiado en la observación de la realidad, en la percepción de los sucesos que acontecen y pierde el hilo de lo tangible en búsquedas imposibles, y lo único que sucede es que esa atmósfera propia de la peluquería se mantiene, simple y llanamente, porque, como proclama el tango, veinte años no son nada....

 

 

 

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