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Un dolor antiguo

El otro día vi en televisión unas imágenes que me llenaron de dolor. Tal vez porque estaba enfermo, con esas décimas de fiebre que no acababan de marcharse, tal vez porque mi sensibilidad estaba especialmente despierta por motivos que no acierto a distinguir, pero al verlas sentí en mi pecho un dolor real, físico, un dolor que no era mío pero que, y no puedo comprenderlo, me llegaba desde quienes lo sufrían de verdad, a través de esas ondas hertzianas de mágico funcionamiento...
Las imagenes llegaban desde Rusia, otrora paraiso del proletariado, fechadas en Moscú y se referían a la explotación sexual de unas niñas (adolescentes) por parte de una mafia especializada. Encerradas en un piso, burdel clandestino lo llamaron, bajo la vigilancia de una joven que sometía su voluntad a base de palizas tan terribles que sus huellas extremecían, se les negaba el futuro al que su edad les daba derecho sólo por el afán de lucro de gente sin escrupulos.
El dolor -el horror- no hizo sino aumentar cuando la redactora explicó las razones que habían llevado a la policía a grabar y difundir esas imágenes: denunciar una realidad que se repite por miles en Moscú... en el mundo. Contra lo que pueda parecer este es un asunto muy antiguo. Basta pensar que la fundación de Roma, sobre cuya cultura descansa todavía buena parte de la nuestra, se cimentó en un episodio de violencia en el que la mujer no tenía otro papel que el de un bien de caracter económico: El rapto de las Sabinas, es decir el secuestro de las mujeres de otro pueblo con el fin de explotarlas como reproductoras y trabajadoras sojuzgadas.
Así se ha escrito la historia del mundo desde hace mucho, mucho tiempo. Desde que el patriarcado se hizo cargo del orden social las mujeres se convirtieron -como grupo- en objeto de intercambio económico -con el valor añadido de la sexualidad- y esa situación, pese a las apariencias, continua inamovible en nuestros días. Tal vez habría que buscar las causas de la violencia de genero en ese sentido de propiedad con el que muchos hombres siguen viviendo las relaciones de pareja.
Soy consciente de que este escrito, en este pequeño rincón de la galaxía virtual, es sólo un pequeño grano de arena. Ignoro de que manera podriamos actuar para poner fin a tanta explotación, a tanta violencia, a tanto dolor, pero creo que es preciso hacer algo, siquiera manifestar una opinión, poner sobre la mesa las cuestiones, debatir, dejar de la lado la hipocresía y la corrección pólitica que tanto daño hacen al libre pensamiento. Porque callar, mirar hacia otro lado, hacer ver que las cosas no suceden, sólo conduce a perpetuar esas situaciones.

 

 

 

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